¿Uno, o dos términos?

 Vox Populi │ Columna

  Por Aurelia Fierros

¿Uno, o dos términos? 

El 2011 comenzó en Estados Unidos con un panorama intranquilo y una economía que pese a los esfuerzos continúa padeciendo los embates del desempleo y la carencia de liquidez.  Este es un año que se perfila con innumerables retos.  De muchas de las decisiones y acciones de alto impacto que se tomen ahora, dependerá el rumbo y -muy posiblemente el destino- de la década que apenas comienza: en lo político, en lo económico y en lo social. 

Y como el tiempo no ha sido suficiente para solventar muchas de las complejas prioridades nacionales, el Presidente Barack Obama arriba a la mitad de su mandato con incontables  reclamos y anunciando el compromiso -como lo hizo desde hace dos años, de reactivar la economía y crear mayores oportunidades de empleo.

Utilizando un leguaje coloquial en Schenectady, Nueva York, dijo que su trabajo es “poner nuestra economía en ‘turbo’”.  

Con esta aparición estratégica frente a decenas de obreros, Obama arranca extraoficialmente su precampaña de reelección hacia el 2012, en el lugar donde esta gran nación vio nacer la primer planta de General Electric Co.  Ya el vocero de la Casa Blanca Robert Gibbs confirmó que se aceleran los preparativos para presentar su candidatura ante la Comisión Electoral.  

Mientras tanto, una nueva encuesta de AP-GfK muestra que el índice de aprobación respecto a la manera que Obama está liderando la nación es de 53 por ciento, contra un 46. Un 50 por ciento dijo que el presidente debe ser reelegido mientras un 45 lo quiere fuera de la Oficina Oval y 5 por ciento dijo no saber. Aunque, un 53 por ciento de los 1,001 entrevistados desaprueba la manera en que el presidente está manejando la economía, contra un 47 por ciento que lo aprueba. La encuesta presenta un margen de error de +/- 4.2 por ciento.  

Con  todo y todo y aunque los datos arrojados por los sondeos son variables transitorias, esta es la primera vez en poco más de un año que los niveles de aprobación se muestran con tal solidez,   pese al marcado desgaste de la imagen presidencial que se deriva de la turbulencia política y la catástrofe económica. 

Muchos factores pueden haber influenciado el viraje de la opinión pública a su favor. Entre ellos, logros como la negociación sobre el paquete de extensión de desgravaciones fiscales; el acercamiento del ejecutivo hacia la iniciativa privada; o tal vez que simplemente el pueblo estadounidense es en esencia noble y compasivo, y recibió positivamente el reciente llamado a la civilidad hecho durante su memorable discurso dedicado a los 14 heridos y las seis víctimas mortales del tiroteo del 8 de enero en Tucson.

Pero, aún con ‘el viento –ligeramente- a su favor’, reelegirse le costará a Obama mucho más que algunas indulgencias políticas y un emotivo discurso.  Sus adversarios no están dispuestos a permitirlo.  Como muestra y como lo habían prometido, los republicanos aprobaron una medida para revocar la reforma de salud en la Cámara de Representantes, pieza legislativa que se ha  convertido el estandarte demócrata y cuya derogación completa sería un golpe demoledor para la agenda de su administración, y para él en lo particular.

Ciertamente se ve cercano a lo imposible que los republicanos logren avanzar en ese objetivo en el Senado y aunque  así fuera, enfrentarían un inminente veto presidencial.  No obstante, con esta acción legislativa meramente ‘simbólica’, se ha mandado la señal de que están decididos y han puesto en marcha su estrategia conservadora de “derogar y sustituir”.  

Para los líderes republicanos de la Cámara de Representantes la siguiente fase incluirá la minuciosa revisión de la legislación mientras que simultáneamente intentarán desmantelarla, segmento a segmento, provisión por  provisión.  Para los demócratas, la ocasión representa la oportunidad de defender la reforma que como se ha mencionado, es considerada como su legado, y cuya salvaguarda cobra particular importancia tras la embestida sufrida en las urnas en noviembre, y ante los objetivos trazados hacia el 2012.   La presión es fuerte.  

Una y otra vez, Obama ha intentado persuadir al electorado independiente de que en los asuntos del país, es capaz de actuar como un verdadero conciliador entre demócratas y republicanos en Washington.  Sabe que el grueso de la población es susceptible ante la imagen de un gobernante apto para resolver problemas con el consenso bipartidista.  Pero, que Obama pueda sostener el ‘momentum’ y los niveles de apoyo que ha logrado extendiéndolos hasta el martes 6 de noviembre de 2012, es otra historia. 

Más allá de la conciliación de pugnas ideológicas o filosóficas al seno del Congreso, una victoria en las urnas en gran medida dependerá de la recuperación y comportamiento de la economía, y ese es precisamente el rubro donde la opinión del electorado hasta ahora mantiene al presidente en números por debajo del mínimo aceptable para ganar la reelección.  

Al final, en el momento decisivo, el electorado reacciona ante las iniciativas que impactan sus intereses y claro, entre ellas están los que afectan su bolsillo: y saben bien como cobrarse en las urnas.  Para efectos prácticos, a todo ello obedecerá que Obama pase a la historia como un presidente de uno, o de dos términos.

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